CRÓNICA | Barrio El Calvario, corazón cultural de El Hatillo (V)

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Foto: Vanessa Tarantino
Yaneth Castro, poseedora de una rica sazón, construye un fogón para ofrecer comida a leña | Foto: Vanessa Tarantino

Por Fanny López Mendoza – Especial para El Pitazo

Caracas.- En el barrio El Calvario, situado en una de las lomas del municipio El Hatillo, todo parece transpirar un aroma de fe y devoción.  A mediados del mes de julio, y desde hace más de 40 años, hay una cita marcada en el calendario de esos hatillanos: las fiestas en honor a su patrona, la Virgen del Carmen. Cuesta arriba, en el Calvario Alto, una casa pintada de blanco destaca el letrero Cooperativa El Carmen. En ella un panal de mujeres, adultas y niñas, en modo ritual, visten a la virgen. La encierran en un círculo de vistosas flores. Su sonrisa introvertida es la de una reina, regia, trajeada de fucsia y con un manto en sus hombros de encajes blancos. Justo detrás de ella hay otra figura que recibe un trato similar. Una de yeso con brazos elevados a manera de plegaria y trajeado de rosado. También recibe flores. Es la imagen del Divino Niño.

Mónica Pacheco cuenta de esa veneración:

– Desde hace 4 años le prometimos al Divino Niño hacer el mismo recorrido, junto a la Virgen del Carmen, mientras sanara a mi sobrina de 10 años, Mariángel Brito, que sufre de convulsiones.

En El Calvario la veneración a la Virgen del Carmen la iniciaron los descendientes de las familias Cisneros, Corro, Mujica y Madera, al fundar la Sociedad del Carmen en 1978. Un fervor que comenzó en julio de 1980, con la imagen en la gruta, ubicada en la Escuela María May.

Carlos Barreto es un cargador de santos del barrio y el municipio. Pariente de uno de los primeros moradores. Son fornidos sus brazos y hombros quizás entrenados para sostener a la Virgen en su entarimado.

-Esa figura mariana con unción eclesiástica y después del alba, vuelve con sus hijos al barrio. Antes la plaza Bolívar y la principal calle del casco histórico la verán partir hasta un nuevo año.

Antes y después de esta ceremonia, en el barrio, justo al lado de la cooperativa, huele a guiso y a especies. Es la cocina de Clara Cisneros. Varias mujeres la rodean. Allí, en una gran olla se cuece un colorado y aguado arroz con trozos de pollo ocultos. Afuera llueve. Para el domingo de peregrinación un cocido de legumbres, verduras, tocino y pasta o arroz será el agasajo de los asistentes.

José González, líder comunal e impulsor de la cultura en el barrio El Calvario | Foto: Vanessa Tarantino

Pocos creerán que en el barrio El Calvario existió un cementerio. Sí, sobre sus terrenos se erigió y habilitó en 1850. Fue entre 1925 y 1926 cuando comenzó a poblarse la barriada. Primero las familias Flores Melo, González, Mujica y Cardozo se asentaron en la parte alta y en el oeste. A éstas se le sumaron las Guevara, Marín, Soto y Martínez en 1930.

– Para 1950 unas quince familias habitaban el sector. A aquellas se le agregaron las Cisneros, Castro, Machado, Mijares, Reyes, Pimentel y Reque. De los Melo y Flores ya no hay descendientes en el barrio- cuenta José González, líder vecinal y cultural en los apuntes que ha recogido para su libro final de la historia local.

Desde inicio de los 60´ ha ido creciendo la población de El Calvario. El último censo del Instituto Nacional de Estadísticas de 2011 registra casi 4 mil habitantes, ubicados en 570 viviendas. Pero sus habitantes sostienen que en los últimos seis años la población ha crecido has sumar quizás unas 6 mil personas.

 

 

Escalera en El Calvario Alto que inicia la bajada del barrio | Foto: Vanessa Tarantino

 

Entre largas escaleras que muestran un camino empinado, paredes sin frisar, algunas con rastros de sufrir los estragos de la humedad y murales descoloridos, juguetean dos perros negros, mansos e introvertidos. Escaleras abajo, en estos espacios reducidos no caben más de dos transeúntes a la vez.

– Estamos en El Calvario Alto- dice José González a modo de bienvenida por el barrio territorialmente se divide en Alto, Medio y Bajo.

Lejos se ve el pueblo. Cerca los techos de zinc de las casas y escaleras múltiples que suben o bajan. Las casas buscan dialogar con las escaleras pero la falta de extensión territorial las obliga crecer hacia arriba y no hacia los lados.

La primera persona a la vista con las puertas abiertas es Olimpia Pacheco, devota del Divino Niño y tía de Mariángel Brito.  Sobre un uno de sus muebles destaca una imagen: la de la Virgen del Carmen.

José sigue bajando y se detiene en una casa que hace esquina y justo donde terminan unas escaleras.

-Esta es una bodega emblemática, la de la señora Paula. Punto obligatorio de propios y visitantes.

A unos pasos de allí, largas escaleras de hierro de costado llevan a una cima. Es la casa de Belén. La de los sancochos decembrinos para el recuerdo. La de la terraza que enamora porque de allí El Hatillo es un cielo techado y colorido.

Lejos se divisa un toldo donde reinan los cambures verdes.

A pocos metros, una mini plaza bautizada como La cruz invita a la bienvenida. Este sitio sirvió de escenario de convite de una fiesta o preludio de guerra para la mayoría de los habitantes, por los fines de la celebración: un pacto unísono entre las dos bandas de antisociales que existían en el barrio.

-De eso hace casi diez años- afirma José- Fue una fiesta hasta el amanecer. Y desde ese día y a la fecha los de El Calvario no hemos vuelto a escuchar de bandas, disparos, robos. Tanto así que es rara la presencia policial en la zona.

La inseguridad no ronda por sus calles, ni en sus casas. Dicen que es porque allí siguen viviendo los descendientes de las familias fundadoras del barrio, provenientes de las áreas rurales del municipio.

Casi al frente de la hay un terraplén. Allí vive Yaneth Castro. La que ya tiene nombre para su fogón de aromas y sabores. Viste una franela que reza Al son de la convivencia. Manos morenas que amasan bollos, arman empanas, preparan sancochos y mondongos.

-Ahí estamos montando un fogón- señala un parapeto o especie de andamio de madera y otros materiales- y espero tenerlo listo pronto.

Carlos Barreto,cargador de santos de El Calvario, es pariente de los primeros moradores del barrio | Vanessa Tarantino

Llueve en El Calvario. Sobresale una cuesta. Al bajarla está la garantía de un servicio de salud para los hatillanos del sector: el Centro de Diagnóstico Integral y el Servicio de Rehabilitación Integral donde 120 hatillanos son atendidos semanalmente.

La bodega Qué alivio es un resguardo. Un consuelo al sorber la bebida caliente más famosa del país. Una carupanera recibe los pedidos. Para ella El Calvario es una dicha. Las paredes del local sirven de vallas promocionales de las fiestas en honor a la Santa patrona.

No muy lejos sobresale el callejón Guevara, donde vive Gregorio Peralta, líder cultural del sector. Combina el deporte con estudio de las manifestaciones culturales junto a la agrupación que formó hace cuatro años: Mina, tambor y clarín.

-En Carnaval organizamos las fiestas acá en El Calvario, la gente monta las motocarrozas. En mayo veneramos a la Cruz, en junio las celebraciones de San Juan, en julio la veneración de la Virgen del Carmen y en diciembre las parrandas navideñas.

Cerca de la primera capilla del municipio, construida en 1766 y situada en la entrada del vecindario, vive Yoraisy Piñero. Es la exponente de los Diablos Danzantes de El Hatillo y fundadora de la Fundación Apocalipsis.

-Los diablos acá se celebran en los meses de mayo o junio. Participan más de 60. Salen desde lo más alto del barrio, llegan a la plaza Bolívar y esperamos que celebren la misa del Corpus para bailarle a la imagen del Santísimo Sacramento, niños y adultos.

Ya en el casco histórico del municipio, en plena plaza Bolívar, el domingo atrae a propios y ajenos. Sobresale un sonido. Fuerte. Marca la hora eclesiástica. La voz de José González no se inmuta. Dice que a sus 67 años se jacta de ser un obcecado con más de 40 años apostando por la cultura en El Calvario, lugar de sus antepasados. Que desde hace seis años participa en la Fundación Raíces, su proyecto para promover la lectura, la danza, el teatro, la historia local. Cuenta que El Calvario puertas abiertas transciende el municipio y las fiestas decembrinas porque contribuye a mejorar las condiciones de vida de sus vecinos, a través del turismo y la cultura interbarrial. Sabe que las cayapas son una forma de movilizar al barrio en un abrazo común y fraterno. Cree que el censo poblacional en ese terruño donde se empecina en rescatar sus tradiciones es crucial para que sus habitantes sepan cómo creció y cómo se conforma el barrio. Sí, sabe que ese registro lo trasciende.

 

Plaza La Cruz: lugar donde se pactó la paz en el barrio El Calvario | Foto: Vanessa Tarantino

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