En Los Frailes de Catia se comparten 500 platos de sopa cada domingo

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En la Iglesia San José Obrero, en Los Frailes de Catia, cada domingo, 30 voluntarios preparan 300 litros de sopa para alimentar a 500 personas | R. Peña

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Adelaida Ramírez va a la Iglesia San José Obrero cada domingo. Camina cuatro kilómetros desde Propatria hasta Los Frailes de Catia, ambos en de la parroquia Sucre, para almorzar en el Centro Comunitario Juventud y Vida. Llega cerca del mediodía, se registra en la entrada, le entregan un número y espera. Adelaida, de 65 años, es una de las 300 personas de la tercera edad que se benefician de la olla comunitaria que comenzó sirviendo 100 sopas en septiembre de 2017 y ahora van por las 500.

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Ella se siente bien en el comedor porque puede fortalecer su fe y orar más cerca de Dios. Además, satisface una necesidad que, por sus propios medios, no puede cubrir. Ella y su hermana son pensionadas y con eso intentan sobrevivir.

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La necesidad es el origen del proyecto. El padre Cristóbal Domínguez De Jorge, miembro de la Corte de los Carmelitas Descalzos, pensó en crear el comedor cuando muchos de sus colaboradores de la parroquia, que participan en las actividades desde hace años, comenzaron a pedirle ayuda para llevar algo de comer a sus casas. En ese momento se alertó. “Cuando personas que siempre han ayudado comienzan a pedir ayuda, tú te preocupas”, cuenta. Para él, el servicio y la solidaridad deben empezar por la casa.
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La primera olla alimentó a 40 personas. Luego, el padre Cristóbal y sus ayudantes decidieron probar con 100 sopas para la comunidad. Con la colaboración de Cáritas de Venezuela lograron reunir 120.000 bolívares, lo que para entonces alcanzaba para tres jornadas. Desde entonces, no sabe cómo han logrado mantenerse durante más de un año ininterrumpido: “Todos los domingos son un milagro”.

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Cada domingo se preparan 300 litros de sopa para los que requieren 30 kilos de carne de res, que son pagados por Cáritas, y más o menos 30 kilos de verduras y aliños que se compran gracias a las donaciones que llegan de todos lados, según el párroco.

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Cerca de 30 voluntarios comienzan sus labores a las 6:00 de la mañana: ordenan, seleccionan, lavan y pican los alimentos. Gilberto González, a quien todos conocen como el chef, es profesor de matemáticas y cocinero todos los fines de semana. Es parte de la parroquia desde hace 21 años. En medio de la cocina, con la frente sudada y un cucharón en la mano, cuando se le pregunta cuál es la receta para preparar sopa para tanta gente asegura que todo lo que se hace con amor sale bien; ese es su ingrediente secreto. “No hemos parado un solo domingo desde que comenzamos. Es duro y estamos cansados, pero aquí seguimos porque esa gente nos necesita”.
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En otro espacio, una suerte de patio, la iglesia recibe a más o menos 300 personas entre adultos y niños. María Polo, de 42 años, va con sus cuatro hijos desde hace un mes. Escuchó de ese lugar mientras almorzaba en otro comedor al que va lunes, miércoles y viernes en la iglesia cristiana Catedral Renacer, ubicada en la parroquia Candelaria. María está desempleada desde hace mucho y mantiene a su familia con subsidios que otorga el Gobierno a través del carnet de la patria y los productos de la caja de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap). Comenzó a ir a la Iglesia San José Obrero porque sus hijos de 1, 5, 12 y 14 años no estaban comiendo ni siquiera dos veces al día. “Todo está difícil, comemos cuando se puede, lo que se pueda”.

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A las 12:30 del mediodía, el padre Cristóbal agradece a Dios por los alimentos y por permitirle compartir con los más necesitados; entonces, se reparten las sopas. Él mismo no entiende cómo el proyecto ha crecido tanto en tan poco tiempo. En enero había apenas 60 adultos mayores registrados y ahora hay inscritos 270, aunque siempre llegan casi 300.

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Magaly Carvallo, de 74 años, es voluntaria y se encarga de verificar las listas y vigilar a los ancianos. “Uno aquí desarrolla la paciencia”, comenta y se ríe. Asegura que lo más difícil de su trabajo son los viejos. Aunque la mayoría de las personas que van a comer en la olla comunitaria son de la parroquia Sucre, llegan muchos de diferentes zonas de la capital como El Junquito, Antímano, El Valle, Santa Mónica, Petare y Chacao.

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Jesús Enrique Machado y Yender Javier Flores, de 66 y 35 años, respectivamente, tienen dos años recorriendo comedores para poder alimentarse. La discapacidad motora que cada uno presenta les dificulta el traslado, pero es eso o quedarse sin comer.

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Plaza Sucre, Propatria y Lídice son algunos de los sectores que han visitado para alimentarse a diario. Jesús trabajaba con un carrito botando basura, pero debido a su estado de salud tuvo que dejar de hacerlo; Yender vendía cafés y cigarros, pero por el alto costo de los productos, no pudo continuar.

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Jesús comenta que el trato en el comedor de la Iglesia José Obrero “es chévere”. Yender lo respalda: “Ha sido una experiencia bien, fabulosa”. Ninguno de los dos recibe beneficios del Estado, aunque tienen carnet de la patria, del Psuv y del Consejo Nacional de Personas con Discapacidad (Conapdis).

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Yender Javier, de 35 años, agradece la sopa y el buen trato que le dan el padre Cristóbal y los voluntarios | R. Peña

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Yender, quien se ha vuelto amigo de Jesús en esa odisea diaria que significa buscar la comida, reconoce que incluso con su limitación, su consejo comunal no le otorga una bolsa con los alimentos subsidiados por el Gobierno. Prefiere asistir a comedores populares, porque no le gusta que su familia diga que se acaba la comida por su culpa.

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El padre Cristóbal entiende las precariedades de la gente que va a la olla comunitaria, pero también insiste en que todo en la vida debe ser trabajado, por eso le incomoda un poco que muchos no valoren el esfuerzo de los voluntarios y el trabajo que hacen semana tras semana para conseguir los recursos. Por ejemplo, Cáritas donó 500 platos y se han llevado 70, por eso varios deben esperar para poder comer. Cuando el padre pregunta por algún voluntario para lavar los platos y cubiertos, de más de 100 personas, solo dos levantan las manos tímidamente.

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Al principio, pedía a los comensales que llevaran algún ingrediente, una papa o una zanahoria, por lo menos, pero poco a poco se dio cuenta de que incluso eso es un gasto significativo para muchos. Para él, los de la tercera edad son quienes aprecian y agradecen más un plato de sopa y varios se le acercan para ofrecerle algunos billetes.

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La fe y el amor que muestran el padre Cristóbal y los voluntarios es sentida por los asistentes cada domingo. Matilde Briceño, de 65 años, tiene siete meses asistiendo a los domingos de sopa comunitaria en la iglesia. Resalta el buen trato que ha recibido: “El padre es muy humanitario, muy gente. No hay nada de qué quejarse”.

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Llegó a la iglesia luego de que varias personas le recomendaron el lugar. La necesidad no es la razón por la que asiste; cuenta que con los productos de la caja Clap, más la pensión, le alcanza para costear su alimentación y la de su hijo. Luego de escuchar la misa, pasa al comedor para tomarse la sopa: “Donde está el Señor yo busco un huequito para colarme”.

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Que la gente se sienta bien, se acerque a Dios y comparta un plato de comida es un regalo para el padre Cristóbal. “La retribución es sentir que uno como venezolano está haciendo algo. No es la solución del problema, pero es un alivio”.

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