OPINIÓN | Los Hobbits viajaron a Belén

48


NAVIDAD También viajaron a Belén los Reyes Magos, e incluso esa especie de Sauron (de medio pelo) que fue el rey Herodes, el infanticida. Me explico:
Estudiaba un postgrado hacía varios años; era la última clase antes de las vacaciones decembrinas. Tres compañeros de maestría intercambiaban tarjetas de Navidad y conversaban sobre el significado de la Navidad. La profesora llegó prontamente y fue cuando escuchó el final de la conversación.
“¿Y todavía creen en ese mito?”, les espetó. Fue un balde de agua fría en pleno salón de clases. La pregunta iba acompañada de todo un lenguaje gestual: cejas enarcadas, gesto de asombro con pena ajena, entre lástima y decepción. Pronto su rostro y tono de voz se armonizaron, y a lo largo de toda clase, los trató con cierta actitud desencantada que parecía decirles: yo pensaba que eran inteligentes.
Lo irónico de todo es que era un postgrado en Literatura. Sí, allí donde precisamente se había discutido hasta la saciedad qué tipo de realidad poseen los textos de ficción. ¿Eran otra dimensión o una realidad virtual?… La RAE nos recuerda que el mito es “una narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico”.

Subrayamos tiempo histórico, pues el mensaje del misterio cristiano vino precisamente a alterar nuestras coordenadas histórico-temporales. Así lo aseguraba ese extraordinario filólogo y escritor inglés J.R.R. Tolkien, que tuvo el mérito de revivir o  “subcrear”, en pleno siglo de los horrores de los totalitarismos ideológicos, un nuevo género de épica fantástica con un profundo trasfondo cristiano y,  por tanto, real.

En una carta escrita a su amigo el padre Robert Murray en diciembre de 1953, Tolkien afirmó “El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión”[1]. Ciertamente, las realidades teológicas y filosóficas no tienen por qué necesariamente condicionar las variadas lecturas de dicha obra (o de otra cualquiera); sin embargo, es bueno saberlo para comprender mejor al escritor detrás de su mito. O tenerlo presente como un principio, para acercarse sin prejuicios a lo verdadero que subyace en los mitos.
Las ideas centrales de dicha obra, como la lucha entre el bien y el mal, la ambición ilimitada de poder e inmortalidad, el poder de la amistad, la falsa entidad del mal, el cual subsiste como perversión del bien, la exaltación de los humildes y sencillos, son elementos que pueden encontrarse en muchas obras clásicas de la literatura. Pero en el siglo XX las compila de manera magistral la obra de Tolkien, la cual se levanta como un espectacular resurgimiento de una nueva épica, inspirada en lo cristiano; esto no solo lo reconocieron el propio autor y su círculo íntimo de amigos escritores en Oxford, sino también abundantes estudios posteriores.
Es innegable que un texto de fantasía, si bien nunca ha sucedido, lleva en sí partículas cargadas de sentido, de posibilidades de ser, extraídas de la entraña de lo real. Incluso de lo más crudo de la realidad. Por eso tienen un enorme poder para inspirar a generaciones y generaciones a lo largo del tiempo, más allá de cualquier frontera cultural, política o religiosa. Chesterton afirmó que la enseñanza de los cuentos de hadas, más allá de las peripecias de un malvado dragón, dejan claro una enseñanza: al dragón se le puede matar, es decir, el mal puede ser vencido. Pero hay que luchar y poner mucho esfuerzo; sobre todo hay que tratar de ser bueno (en varios sentidos, no solo el bien moral, sino también tener buena puntería al lanzar las flechas). Si  al final el bien puede triunfar, eso dependerá de la libre voluntad y del valor del lector. Tú decides.
Nunca falta gente que asegura que leer este género literario es propio de personas inseguras, acomplejadas, ingenuas, infantiles y cobardes que buscan huir de la realidad y de sus responsabilidades. Primero, los adjetivos anteriores los podemos encontrar en todo tipo de personas, lean Las Crónicas de Narnia o la revista Mecánica Popular. Segundo, todo lector está en su derecho a tener tiempos de escapismo… Pero, ¿en realidad evadimos la realidad el leer El Silmarillion o El Hobbit? (¿Frodo y Sam fueron cobardes?) Tanto Tolkien como su gran amigo C.S. Lewis opinaban que no. Al contrario, para ellos se viajaba al corazón mismo de la realidad, pues el lector a través de las imágenes, contempla y entiende las realidades más profundas e inefables de la condición humana. Y nada tan humano como el anhelo de plenitud, la lucha por alcanzar o por reencontrar paz y felicidad.
Los postmodernos odian los finales felices, pues para ellos no existen. Quizás la amargura ha sido la única sensación profunda que han experimentado. Francamente, y con el debido respeto, se debe dudar de quién es más ingenuo que quién. El narcótico del pesimismo existencial filosófico lleva muchos años en las venas de Occidente y… ¿a dónde lleva? Pues a ninguna parte. Paraliza, entumece, desarticula, energúmenos hipersensibles, eterna soledad. Y se sentencian a sí mismos proclamando: “¡Todo es máscara, todo es falso!”.
Tolkien, en su ensayo sobre los cuentos de hadas, presenta un concepto nuevo, creado por él: Eucatástrofe. Es decir, cuando en el medio de la peor tragedia o catástrofe que un pueblo pueda padecer, de repente, de manera sorpresiva, triunfa el bien. En una carta a su hijo explica: “El nacimiento de Cristo es la eucatástrofe de la historia del Hombre. La Resurrección es la eucatástrofe de la historia de la Encarnación. Una historia que comienza y finaliza en gozo. Posee de manera preeminente la «consistencia interna de la realidad». Nunca los hombres han deseado más comprobar que el contenido de una historia resulta cierto, ni hay relato alguno que por sus propios merecimientos tantos escépticos hayan dado por verdadero. El arte se ha autentificado. Dios es el Señor de los ángeles y de los hombres… y de los elfos. La Leyenda y la Historia se han encontrado y fusionado.

No quiero decir que los Evangelios cuentan lo que es solo un cuento de hadas, pero sí quiero decir decididamente que cuentan un cuento de hadas: el mayor de ellos. El hombre en cuanto cuentista debería ser redimido de un modo acorde con su naturaleza: mediante una historia conmovedora.

Pero como el autor de ella es el supremo Artista y el Autor de la Realidad, “también esta cobró Ser, tuvo verdad en el Plano Primordial”[2].
Estamos en Navidad. Luego, no olvidemos que en Belén casi todo salió mal: se convoca un censo por los romanos dominadores, viajar en estado de gravidez y con apuro, no hay posada, parir entre bichos, olor a bosta, frío y pobreza; para colmo, un rey medio loco quiere matar al Niño, y gracias a Dios que los Magos trajeron algo para poder costear la huida apresurada a un país extranjero. Sin trabajo ni casa… Es para deprimir a cualquiera, pero solo con visión humana no se llega muy lejos para tratar de comprender nuestra realidad. Contra todo pronóstico, advino la eucatástrofe, y el bien pudo triunfar, y los humildes fueron exaltados.
Venezuela espera su eucatástrofe. Que tengan unos felices días de Navidad, y feliz 2019. Felicidades a todo el equipo de El Pitazo. Un abrazo a todos.
[1] PEARCE, Joseph. 2003. Tolkien, hombre y mito. Ediciones Minotauro, págs. 97-98.
[2] Ibídem.

¿Qué tan útil fue esta publicación?