Barrio Chamo: Primer refugio de venezolanos en Lima, Perú

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René Corbeñas, el creador del refugio, se reúne con los venezolanos cada 2 noches para buscar soluciones y lograr cambiar realidades | Foto: Monica Zsarolyani
René Corbeñas, el creador del refugio, se reúne con los venezolanos cada 2 noches para buscar soluciones y lograr cambiar realidades | Foto: Monica Zsarolyani

Veintiséis estaciones tiene el Metro de Lima. De Plaza Norte el terminal al que llegan cientos de venezolanos a la semana a San Juan de Lurigancho hay 20 paradas; 20 estaciones que separan la incertidumbre y el vacío del techo seguro, el café caliente y el colchón donde pasar la noche. “Refugio” es una palabra que se convierte en sinónimo de tranquilidad cuando llegas a Lima y quien prometió recibirte lleva días sin contestar llamadas ni aparecer en el Whatsapp.

En Lima, desde agosto de 2017 y sin que nadie lo advirtiera, nació el primer refugio para migrantes venezolanos. Allí llegan quienes vienen cargados de maletas y con poco dinero, también se acerca el venezolano que fue estafado por un patrón explotador —que exigen 12 horas diarias de trabajo y al final la paga no llega—, el que no pudo reunir el arriendo y debe desocupar la habitación; y jóvenes como Alexis Alvarado, un cumanés de 21 años que se despertó una mañana y descubrió que sus panas le habían vaciado la cartera, las gavetas y hasta la alacena, quedándose solo el pasaporte, la rabia y una respuesta: El refugio en San Juan de Lugirancho, recinto que hoy da alojo a 80 venezolanos, cifra que crece imparable gracias al boca a boca y a cierta exposición en los medios limeños.

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Alexis, quien lleva 10 meses en Lima trabajando 12 horas en un autolavado en El Cercado, contó a El Pitazo que tras verse sin un sol para pasaje, decidió llegar hasta El Refugio y reunir 2 o 3 quincenas para poder alquilar de nuevo. “Yo compartía habitación con dos venezolanos más y estoy seguro de que me robaron. Llegué en la noche y no había nada, ni un par de medias. Tengo el pasaporte porque lo cargaba encima. Por ahora no me queda otra que aguantarme pues quienes creía que eran panas resultaron ladrones”.

También hay gente como Ana Mejías con su hija de 6 años. Llegaron a Lima hace meses. A la madre el amor la llevó de Barquisimeto a la cuna del ceviche. Mejías se instaló con su niña y su pareja, pero el amor se rompió y con él, la estabilidad.

Para la madre compaginar empleo y crianza es casi imposible. Los horarios sobrepasan a la escuela y en ninguna parte la aceptaron con la niña. Ambas terminaron en el refugio durmiendo cerca de sus maletas, abrazadas en un colchón inflable. Como la de Ana, son varias las historias en las cuales los adultos se preocupan y los niños juegan ajenos al miedo y a las dudas.

Sin proponérselo

Temprano y rápido quienes viven en el refugio se dan un baño para salir a buscar trabajo | Foto: Mónica Zsarolyani

René Corbeñas es peruano, empresario y también, según cuenta, emigrante forzado. La crisis peruana de los 90 lo llevó a irse a Japón, donde conoció la solidaridad y respeto, pero también el hambre, el rechazo y la soledad.

De su historia personal nacen sus ganas de ayudar y así, al conocer a una caraqueña y saber todo lo que pasó para llegar a Perú, decidió ayudarla a traer a sus familiares. Eran muchos, se buscó una casa y poco a poco, un venezolano comenzó a llevar a otro transformándose en un refugio, una fábrica de bombas y dulces y también una oficina de asesoría legal informal.

Según el último censo de la Superintendencia Nacional de Migraciones del Perú, 100 mil venezolanos viven en el país, de esos por lo menos 27 mil están en Lima: unos aclimatados con empleos o emprendimientos satisfactorios; otros, extraviados y sin estabilizarse.

Esa migración que ha alterado la composición de la sociedad peruana, desde el habla hasta la economía inmobiliaria, es un fenómeno con mil caras que ha sobrepasado la política oficial, siendo el refugio de San Juan de Lurigancho, única iniciativa humanitaria a quien requiere apoyo en esta tierra extranjera.

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El refugio es un ecosistema con precisión militar. Se apagan las luces a las 10 pm y se encienden a las 5 de la mañana pues a esa hora los hornos calientan para preparar bombas y pasteles.

De la pequeña fábrica viven por lo menos tres docenas de vendedores, desde chamos que dejaron la facultad, hasta hombres y mujeres de cualquier edad que necesitan generar dinero para enviar a Venezuela. Ellos salen con una caja de mercancía y regresan al anochecer. En promedio la ganancia es de 35 soles, la misma cantidad que puede ganarse con un salario mínimo y 10 o 12 horas de trabajo.

En Perú la jornada laboral de ocho horas es escasa y muchos exigen el Permiso Temporal de Permanencia (PTP) trámite que incluye los antecedentes de Interpol, a un costo de 80 soles. Dada la cantidad de solicitantes, ha mutado en un papeleo lento.

Mientras siguen recibiendo venezolanos, solos, en pareja o con niños, los vecinos observan el movimiento. Está el señor de la bodega de enfrente, que no contrata ayudantes venezolanos pues, según cuenta su nieta, se van sin avisar: “Nosotros los peruanos somos luchadores y no nos gusta la gente que se va. A mi abuelo se le han ido tres jóvenes de Venezuela y por eso no queremos contratar más. Piden trabajo y lo dejan”.
También están los vecinos solidarios que dan consejos a los recién llegados, usan el “chévere” y el “chamo” y miran con simpatía la presencia extranjera.

El Barrio Chamo busca ayuda

Los niños cargan sus juguetes quizás recordando el calor de su casa, de su patria | Foto: Mónica Zsarolyani

El refugio de San Juan de Lurigancho, una zona humilde de la capital peruana, tiene como apodo cariñoso “el Barrio Chamo”, nombre que los vecinos le dieron a la casita amarilla, a la fábrica de bombas y al sitio del que muchas veces salen acordes de joropo recio, de una gaita maracucha o cualquier canción de Nacho Mendoza, en las noches de fines de semana cuando más de uno extraña a su tierra y a sus afectos.

El barrio Chamo hoy necesita ayuda. Su creador René Corbeñas, quien tiene una asistente venezolana, Carolina, comenta que están sobrepasados. “Acá seguimos trabajando, estamos buscando ayuda. Donde usted mire hay un colchón o una litera, pero sigue llegando gente y no puedo decirles que no. Dejarlo todo para buscar futuro es muy duro, yo lo viví y lo sé”.

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Carolina quien llegó en diciembre de 2016 junto a su esposo, dejó atrás a tres niños con sus dos abuelos. Dice que reúnen dinero para traerlos. A la caraqueña se le ve cansada. Gerenciar el refugio es una tarea dura, mitad madre superiora, mitad mamá criolla. Al llegar la noche es la voz de la caraqueña quien comanda:
“Saquen los colchones. Tú que estás llegando duerme ahí con esos dos chamos. ¡Dios mío los que usan la cocina, limpien eso, da pena! Mañana hay reunión estén pendientes; a las mujeres les toca el baño acá adentro, séquenlo”.

El refugio es una casa limpia, con distintas caras y testimonios. Está quien llegó hace días por boca de un amigo y está quien lleva meses y se niega a irse aunque tenga ingreso fijo. Corbeñas confiesa que hay planes no solo para mejorar el refugio sino para respaldar a las familias. “Hemos sido visitados por Acnur, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, pues la situación de los venezolanos es similar a los desplazados de guerra, están fragmentados, solos y aspiramos a reunir a las familias, a los padres con sus hijos y a los abuelos con sus nietos”.

Al querer detalles sobre la alianza con Acnur, Corbeñas prefiere callar, dice que la exposición mediática termina dañando los esfuerzos y que tanto para él como para otras personas interesadas en el caso Venezuela la meta es seguir trabajando, lograr alianzas y materializar metas.

Por ahora, el refugio permanece abierto, pues hay venezolanos que se niegan a irse, pero también migrantes decididos a ceder su puesto una vez encuentran empleo fijo. Así lo contó Roberto Villanueva, quien con 60 años partió de Valencia a Perú, para poder enviarle dinero a su gente. “Soy tapicero y tuve que cerrar mi negocio pues ya los clientes no llegaban. Tengo una nieta diabética y por ella estoy aquí. Llevo 10 días en el refugio, me caminé toda Lima, me salieron ampollas en los pies pero ya encontré empleo; una vez cobre el mes, me voy a una habitación. Esto aquí es un mientras tanto. Yo me iré para que otro venezolano pueda tener un apoyo y duerma bajo techo”.

El Barrio Chamo tiene sus puertas abiertas, con su techo seguro pero también sus incomodidades; su fachada amarilla y su tricolor en la puerta, en San Juan de Lurigancho, donde René y Carolina jamás dicen no. Pero si estás en abundancia y quisieras ayudar a otro venezolano tampoco te dirán no. Ellos necesitan gente solidaria para seguir ayudando a tanto venezolano que ha dejado su patria y sus afectos. Para comunicarse con ellos marca el teléfono 0051- 944973060. Úsalo y compártelo, lo de la cadena de favores no es solo una película de Hollywood.