Las familias que viven bajo y sobre el puente de La Guairita, en la entrada del municipio El Hatillo, han sufrido al menos tres inundaciones en el último año. Viven en casas llenas de barro, medio derrumbadas o en peligro. Se niegan a salir de allí o no tienen cómo hacerlo

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La guairita”, para muchos es el nombre por el que conocen al Cementerio del Este; para otros, se trata de una quebrada muy popular. Casi nadie —salvo quienes viven allí— repara en que se trata también de una comunidad. La Guairita es una zona del municipio El Hatillo donde las casas no solo están sobre el asfalto, sino que todos los vecinos han procurado acomodarse en ranchitos dispuestos en cualquier espacio, incluso, debajo del puente.

Allí, bajo las fallas de borde, los tubos rotos, algunas cañerías expuestas y el asfaltado desgastado del puente de La Guairita, unas 27 familias ubicaron sus viviendas construidas con asbesto, zinc, tablas e incluso bloques en una zona donde está prohibida la construcción. Allí, bordeando la quebrada que a veces se sale de su cauce y el tubo matriz que el año pasado se rompió en dos ocasiones, estas personas tratan de llevar “una vida normal”.

A esta zona de viviendas ubicadas bajo el puente se le conoce como La Toma y quienes viven allí desde hace años son personas de otros estados del país o damnificados de deslaves de épocas anteriores que encontraron en este espacio un lugar de asentamiento.

Los vecinos de La Guairita y de La Toma construyeron allí sus casas y negocios sin pensar que la falta de mantenimiento, las condiciones del terreno y los “pañitos de agua tibia” que ofrecen los gobernantes para solucionar las fallas de los servicios públicos derivaría hoy en el terror más grande: quedarse sin hogar.

El primer aviso lo recibieron el 27 de abril de 2018, cuando el tubo matriz ubicado bajo el puente se dañó por primera vez. Ese día 11 viviendas quedaron completamente destruidas cuando se partió el tubo alimentador Sur de 30 pulgadas de diámetro que es responsabilidad de Hidrocapital.

César Morfe, quien tiene más de ocho años viviendo en esa comunidad, cuenta que ese día no hubo pérdidas humanas, pero los que no se quedaron sin casa, se quedaron sin enseres. “La gente del Gobierno, del Ministerio de Vivienda vino y nos censó ese mismo día porque eso pasó en la tarde y ellos nos prometieron reubicarnos y nos dieron colchones, pero casi nadie quiso salir del barrio”, contó César.

Solo dos o tres familias salieron de sus casas para refugios del estado Miranda, pero la mayoría siguió allí hasta el 26 de julio cuando, por segunda vez, el tubo matriz estalló y generó el cierre del paso en la vía así como graves daños para quienes habitan arriba y debajo del puente.

Debajo

Carlos Briceño tiene 13 años viviendo en La Toma. Para él “vivir bajo el puente es normal, como en cualquier otra zona, pero con la diferencia de que aquí si no te lleva el agua de la quebrada, te lleva la del tubo”. Su casa de dos pisos se salvó de los dos estallidos de la tubería, pero los cimientos  no aguantaron la crecida del río durante el mes de octubre.

Su vivienda se desplomó por completo. Donde antes estaba la cocina, el cuarto de su hija y la sala ya no hay nada. En la tierra, incluso atravesando la corriente del río, quedaron y se mantienen cholitas, peluches, mesas trituradas, una cocina hecha pedazos y espejos rotos que se fueron abajo cuando la corriente los arrastró. En pie solo queda parte del baño y el lavandero expuestos, sin techo y con algo de suelo que no cedió a la corriente y que le da oportunidad a Carlos de hacer una fogata para preparar los alimentos para su hija de cinco años y su esposa.

“Una vecina nos dio alojamiento, pero no podemos estar mucho tiempo y solo pudimos recuperar algo de ropa. Aquí nos ofrecieron reubicarnos, pero nos dicen que esperemos el 15 y el 15 y el otro 15 y así”, cuenta Carlos, quien esperará “un poco más” antes de tomar la decisión de irse a Portuguesa a empezar de nuevo.

A Carlos solo le quedaron cuatro cochinitos que mantenía en una habitación de la casa y que están desnutridos porque no puede alimentarlos. Estos animalitos, por ahora, son el único bien con el que cuenta.

Para entrar a las viviendas debajo del puente es necesario bajar unas escaleras habilitadas por los propios vecinos y luego bajar un tramo del barranco. Las casas se apilan unas con otras y las divide un pequeño pasillo de tierra que termina en el cauce del río.

En algunas viviendas aún quedan vestigios del barro que entró durante el colapso del tubo y la mayoría de los residentes acusan pérdidas que no han sido repuestas por las autoridades que lo prometieron, ni por Hidrocapital, responsable directa de la avería que generó los daños a la comunidad.

«Algunos se han ido con los funcionarios que vienen a buscarlos para llevarlos a un refugio, pero otros no quieren irse y abandonar lo poquito que les queda… Aquí se vive bien, normal… El problema es que ese tubo se daña a cada rato y que cuando llueve nos agarra el río», cuenta Luis Beltrán Marcano, residente y además comerciante en la misma zona.

Encima

Sobre el puente, el abandono y el colapso de los servicios públicos también son evidentes. Franyi Chiquito tiene un kiosco de venta de lotería en una esquina del puente. Frente a su negocio se ubica una falla de borde que se generó con la primera rotura del tubo y que con los días y el paso de los vehículos se ha vuelto más grande y ha fracturado por completo toda la estructura del puente.

“Cuando ocurrió la primera inundación quitaron el poste y varios nos quedamos sin luz, entonces la comunidad tuvo que resolver el servicio de forma ilegal porque nunca volvieron a repararlo. El cable para la televisión tampoco lo repararon y hasta el momento estamos sin servicio y esa calle del puente cada día se come más”, cuenta Franyi.

La chica puede sentir las vibraciones del puente con mayor fuerza desde que el asfalto comenzó a ceder. “Es horrible estar aquí porque a veces uno siente que este puente se va a ir para abajo”, dice.

La propia comunidad ha debido organizarse para pedir ayuda y evaluar las posibilidades de resolver algunos problemas por sus propios medios. Coromoto Morales tiene una casa grande que colinda con el puente; el terreno, sobre el que está construida, cede cada día más. “A mí me da miedo que se me caiga la casa y matemos a ese poco de gente que vive debajo y que me mate yo con mi gente”, dice esta mujer cuando se le pregunta sobre la falla del terreno.

Ella, como todos sus vecinos, asegura no haber visto presencia de la alcaldía, ni de ningún ente gubernamental luego de los primeros días de las inundaciones. Asegura que muchos han prometido la construcción de un muro, pero que en este momento está “agarrada a los santos” para que una constructora privada que ha visitado la comunidad y estudiado el caso inicie las labores para realizar el muro que afianzaría el terreno de su vivienda y evitaría una tragedia mayor.

“A mí me duele todo cuando veo que va a llover porque yo trabajo en mi casa, yo cuido a mis niños”, se lamenta Coromoto, que vive de una guardería que atiende en su propia casa y donde tiene a más de 20 niños menores de 5 años que corren el mismo peligro que ella.

Además de todos los problemas, Coromoto suma que “los vecinos no colaboran” y botan la basura al río, siguen construyendo bajo el puente, se llevan la arena y “no quieren a su comunidad. Y si uno no quiere el pedacito de tierra donde vive, nada funciona”.