CRÓNICA | El barrio José Félix Ribas: El recoveco más grande de Latinoamérica (II)

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Vista de José Félix Ribas desde la Zona 2 | Foto: Mariana Bernárdez S.
Vista de José Félix Ribas desde la Zona 2 | Foto: Mariana Bernárdez S.

Caracas.- A golpe de las cuatro de la madrugada, el barrio José Félix Ribas despierta con el cantar de gallos de pelea y el estruendo de camiones recolectores de desechos. Durante la semana, una infinidad de cuerpos perfumados sale a las cinco para bajar las escaleras de las diez zonas que alimentan la calle principal. En la frontera con la ciudad se encuentra la estación de metro de Palo Verde, destino transitorio de gran parte de los petareños.

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Una hora después, en esa misma calle, se instala un hervidero comercial donde cohabitan desde ferreterías y abastos hasta tarantines de improvisados invasores de calzada. Estampitas, santos colgando de los cuellos, figuras orishas y transeúntes vestidos de blanco dan cuenta de que aquí la gente se ha entregado a protecciones divinas, y esas también se compran y se venden.

Bolsitas de harina, bolsitas de aceite, bolsitas de azúcar. Heladitos caseros en vasos plásticos. Empanadas. Cartones de cigarros, cajas de cigarros, cigarros detallados.

La Librería de Ignacio permanece entre las zonas 2 y 3 desde tiempos inmemoriales. Algunos negocios tienen permiso para funcionar y recientemente han nacido otros que se abocaron al bachaqueo porque les resulta más rentable.

El altoparlante de un camión anuncia la venta de plátanos y a su paso hace resonar las rejillas de alcantarillas flojas. Un perro husmea entre los restos pestilentes del mercado que hubo el fin de semana, ese que se apropia del bulevar con vendedores que viajan desde Mariches, del mercado de Coche y hasta desde Los Andes. En todos los puestos hay gaveras que sirven de asiento o de estante, testigos de fiestas que fueron y volverán a ser.

Este trabajo forma parte de una serie sobre la vida cotidiana de nuestros barrios caraqueños con la que El Pitazo conmemora los 450 años de la capital

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En Petare, los pretextos sobran para reunirse a tomar algo, y aunque la cerveza es más barata que el refresco, es menos exquisita que el jugo de lulo de Iván.

Frutería de Iván Rincón. Frutas para hacer jugos en el mostrador del negocio de Iván Rincón, en la Zona 2 | Foto: Mariana Bernárdez S.

Iván es un moreno curtido que llegó a Venezuela hace veinte años y al que le traen la fruta de su Colombia natal. Su negocio tiene diez años en la Zona 2 del barrio. En el mostrador, repletos jarrones de vidrio reflejan las opciones del día –tamarindo, cambur, fresa, parchita– y el traqueteo de su batidora atropella la salsa vieja que suena en un quiosco cercano. En uno de los cuatro banquillos dispuestos para sus clientes, una joven amamanta a su recién nacido, y su amor de madre está en el peinado minucioso de la hija mayor que los mira. La niña es tímida y no habla, pero sus ojos cafés sí. Mientras Iván cuenta cómo se suponía que Venezuela fuera para él sólo un puente, la mujer sonríe con la brisa. Ella se considera afortunada porque se despierta con el silbido de pajaritos en lugar de con el calor.

Escalera El Sabor, Zona 2. Escalera al final de uno de los callejones perpendiculares a la vía principal de José Félix Ribas | Foto: Vanessa Tarantino

En medio de las entradas a las zonas de José Félix se atraviesan callejones ciegos que terminan siempre en escaleras. En la misma Zona 2, un viejito va tocando las puertas de la Escalera El Sabor, recolectando basura para bajarla. Al llegar a pie de calle le pide a Junior doscientos bolívares. Junior llegó a esa misma escalera hace cuarenta años, “empepado”, recuerda, persiguiendo a su mujer. Se ha dedicado a la comunidad, por eso le piden colaboraciones. Levantó una casa de dos pisos para sus hijas, y una platabanda con vista de 180 grados para él.

–Este es mi lugar– dice tan firme como la ausencia del brazo que perdió en aquellos años en los que era escolta del Presidente Carlos Andrés Pérez.

El viejito, con sus doscientos bolívares en mano, compra un café y prende un cigarrillo Belmont, la dupla indivisible de tantos. Justo entonces llega un hombre bigotudo con los dedos pegados al celular.

–Este no llega, ni que fuera una mujer. Esto es trabajo. Aunque uno trabaja es para las mujeres– comenta entre risas.

A su espalda, un mural que lee “Callejón El Sabor” mantiene vivos a los dos muchachos que lo hicieron y que ya no están.

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Son las 11 de la mañana y en la entrada de la Zona 4 unos niños en edad escolar chutan un balón de fútbol. No hay mucho espacio para jugar: José Félix es el asentamiento informal con mayor densidad poblacional del continente. Es uno de los 1.200 barrios del municipio Sucre y en el kilómetro cuadrado de su extensión, conviven 120.000 personas, según estimaciones del gobierno local.

Entrada Zona 4. Un niño juega con un balón de fútbol y un aro instalado por la Alcaldía del Municipio Sucre | Foto: Vanessa Tarantino

La Organización de Naciones Unidas recomienda que el espacio público mínimo por habitante sea de 10 metros cuadrados, pero el promedio en las zonas populares de este municipio es tan sólo de 0,36 metros cuadrados, un área en el que escasamente alguien puede erguirse. Esa falta de espacio dificulta las celebraciones comunitarias, pero aún así la camaradería se siente en la chicharronera, en las bodegas, en las conversas, en ese apiñamiento alegre sellado quizás en las semejanzas, pero franco también para los foráneos que lleguen con el buenos días por delante.

Una zona más allá, en la 5, una motocicleta suda aceite. El subir y bajar diario pasa factura. Margarita se asoma por la ventana y le ofrece al mundo una sonrisa de dientes torcidos. Más arriba, en la Zona 7, un señor en franelilla arregla un Chevette y corre la voz de que llegó el camión del gas. Del tiro, una mujer deja sus quehaceres, recarga su bombona y la lleva a cuestas por un centenar de escalones. Alguien pregunta si no tiene marido, pero ella dice que más que un marido necesita cocinar. Aún más arriba, en la Zona 8, vive Leonardo Padilla, el boxeador que hace tres años fue el número 8 a nivel mundial.

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Los paisanos acólitos del barrio José Félix no quieren dejarlo, aunque según la Policía de Sucre figure como uno de los sectores más peligrosos de las cinco parroquias. Un estudio realizado por la Alcaldía de Sucre y el Banco de Desarrollo de América Latina en 2014 señala que 80% de los homicidios ocurre en 6% del territorio del municipio, principalmente en 92 segmentos de calle, y ocho de ellos se ubican en José Félix Ribas.

Lucas Tovar. Vecino de la Zona 2 trabajando en su negocio de reparación de bicicletas desde hace 22 años | Foto: Vanessa Tarantino

Lucas, un señor de 76 años que llegó con los primeros pobladores del barrio en 1957, asegura desde su taller de reparación de bicicletas que nunca ha tenido problemas:

—Yo trato bien al que sea. Aquí me conocen, aquí me siento bien, es seguro.

Carmen Teresa es de otra opinión. No se va de José Félix porque dice que comparado con otros barrios, allí no hay problemas de luz y no hay tampoco tantos de agua. De hecho, en algún momento, hasta tuvieron un WiFi público instalado por la alcaldía. Aunque hay algunos huecos, todas las vías están asfaltadas y por la cercanía a la Avenida Francisco de Miranda, el transporte llega lo suficientemente adentro para caminar, o para gastar poco en mototaxi. Lo que sí le da pesar es que la inseguridad obligó a su hijo a irse no de Petare sino de Venezuela.

Hace algunos años, al ella encontrarse “muy empintao” a un malandro conocido le preguntó a dónde iba; él le respondió: “al funeral de tu hijo.”

–El domingo agarró para Chile– comenta cabizbaja. Estoy triste pero me da tranquilidad. Tú sabes cómo es. Ojalá que allá sí pueda salir adelante.

Escalera El Carmen, Zona 4. Entrada a la escalera que se encuentra en el Bulevar El Carmen, uno de los pocos espacios públicos de José Félix Ribas. Tomándolas se puede llegar a La Urbina | Foto: Mariana Bernárdez S.

Aunque la violencia obliga a recogerse a las seis de la tarde, durante el día José Félix es un lugar de caminantes en el que no escasean muestras de cariño. A pesar de las circunstancias volubles, se mantiene lo esencial: la fraternidad de su gente. Carmen Teresa asegura que los suyos están allí. En medio de sus dificultades, sus contradicciones y sus bloques desnudos, la autoafirmación de Petare pone los pies sobre la tierra y también ensancha el corazón.

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