“El niño murió porque comprar comida es muy difícil”

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“Yo le pido al Gobierno que le preste atención al país”. María López, abuela del Keiner Cardozo, bebé de un año que murió el 16 de enero por desnutrición | Foto: Oliver Gonzalez
“Yo le pido al Gobierno que le preste atención al país”. María López, abuela de Keiner Cardozo, bebé de un año que murió el 16 de enero por desnutrición | Foto: Oliver Gonzalez

Ciudad Guayana.- María López tiene el sufrimiento en los ojos. No ha sido fácil sobrellevar la muerte de su nieto menor, el 16 de enero, porque Keiner Iván Cardozo Millán, de un año, murió por “desnutrición moderada”. Murió por hambre.

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No ha sido fácil, porque María López y su esposo tienen el reto de mantener y alimentar a ocho niños: cinco hijos de 3, 7, 8, 11 y 12 años; dos nietos de 1 y 4 años, y otro de 10 meses.

Sus hijos de 25 y 20 años, y sus hijas de 14 y 16, ayudan como pueden. Los niños se pasean por su pequeña casa, ubicada en la zona más pobre del sector Brisas del Sur, de San Félix, estado Bolívar. Una cerca de zinc los separa del resto de sus vecinos. En un caldero cocinan yucas, auyamas y sardinas que, según María, son la base de su dieta, ante los altos costos de los productos procesados.

Keiner enfermó en septiembre del año pasado, y gracias a la atención que recibió de una pediatra que presta servicio en la parroquia católica San Martín de Porres, en su comunidad, más unos días interno en el hospital Dr. Raúl Leoni, de San Félix, pudieron “compensarlo”.

Para este mes, cuando cayó enfermo de gripe, “yo lo veía cansado, como que se me ahogaba. Después le dio la diarrea y lo llevamos al hospital” adscrito al Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS), donde fue atendido la primera vez.

Crisis que golpea

Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), desnutrición es “un estado patológico resultante de una dieta deficiente en uno o varios nutrientes esenciales o de una mala asimilación de los alimentos”.

En el caso de Keiner, el acta de defunción decía “desnutrición moderada” y “deshidratación por síndrome diarreico”. El pequeño no sobrevivió, aun recibiendo atención médica.

En el hospital de Guaiparo no faltaron los medicamentos. María solo tuvo que pagar los exámenes de laboratorio, pues en el centro no había reactivos, pero aseguró que doctoras y enfermeras colaboraron con dinero en pro de la salud del pequeño.

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“Nosotros sabemos que el niño murió por falta de alimentación, porque faltaba en la casa la alimentación normal como debía ser. Ahorita comprar comida es muy difícil”, confiesa con la tristeza enmascarada en resignación. Por sobre todas las cosas, su misión es mantener a los suyos, como pueda.

La crianza de Keiner lo demuestra. Lo aceptó en sus brazos recién nacido, al momento que su nuera lo abandonó. El bebé nunca recibió leche materna y, por la escasez de fórmulas y leche completa, tampoco pudo tomar teteros con la frecuencia requerida.

El precio justo de la leche completa en polvo es de 350 bolívares, pero en Guayana solo se consigue en la reventa ilegal, y cuesta 10.000 bolívares. Las fórmulas como Prebio 1 cuestan más. “Conseguimos el Lactovisoy (bebida a base de leche) y avena, y eso es lo que más les damos” a los niños, confiesa.

El ingreso económico no es suficiente. El esposo de María sale a diario a conseguir empleos cortos como albañil, mientras ella solo recibe ayuda del Estado con la Misión Hogares de la Patria. Esto les alcanza para comprar “2.500 bolívares de recorte de pollo, sardinas frescas, arroz picado… y las verduras”.

El padre del pequeño fallecido es Javier Cardozo, de 25 años. Vive con sus padres, sus sobrinos y sus hijos. Una tímida sonrisa disfraza su angustia, pues debe seguir adelante pese al fallecimiento de Keiner.

“Yo lo que quiero es trabajar y comprar un mercado como hacíamos antes. Uno podía comprar su comida con 5.000, 10.000 bolívares, que ahora te dan para un solo arroz o una sola harina”, dijo, con esperanzas de mantener el trabajo que consiguió hace pocos días como vigilante en la Siderúrgica del Orinoco (Sidor), luego de estar tres años sin empleo.

En un país con pocas oportunidades de trabajo, y con una canasta alimentaria que según el Centro de Documentación y Análisis de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVM), en diciembre alcanzó los 544.990 bolívares, los venezolanos no la tienen fácil.

En casa de María hay ocho niños pequeños; cinco son sus hijos y tres son sus nietos. Solo trabaja su hijo mayor, padre del difunto niño y de dos de sus nietos | Foto: Oliver González

CLAP no alcanza

Aunque María tiene 40 años, sus ojos y su piel le suman la apariencia de alguien mayor. Está rodeada del amor y el apoyo de sus hijos y nietos. En la humildad de su pequeña casa permanecen todos juntos, apoyando a su hijo de 20 años, que comenzará a trabajar el lunes de la semana que viene y aportará al hogar.

Su hogar es una muestra de la pobreza extrema, que, según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) pasó de 6,9 por ciento en 2013 a 9,3 en 2015. Ya no les es posible hacer las tres comidas del día.

Las bolsas del Comité Local de Abastecimiento y Producción (CLAP), única forma para obtener los alimentos a precios subsidiados por el Gobierno, se ven poco por su casa. “Si no tienes el dinero, pierdes la bolsa, porque debes pagar ahí mismo (…) La última que nos llegó fue en diciembre, pero no nos alcanza para tanto tiempo”, confesó María.

Esa bolsa costó poco más de 10.000 bolívares, recuerda. Contenía dos kilos de arroz, dos harinas de maíz, tres paquetes de pastina (pasta para bebés), seis latas de atún, un pollo, una salsa de tomate, un envase de mayonesa, dos litros de leche, un litro de aceite y dos paquetes de azúcar.

No alcanza para un mes en un hogar con ocho niños y seis adultos. En Brisas del Sur no saben cuándo volverá la bolsa del CLAP, pues en 2016 llegó solo tres veces, realidad que contrasta con la promesa del presidente Nicolás Maduro, de entregarla cada 15 días con comida suficiente y a “precio justo”.

Aumenta la desnutrición

El sacerdote de la parroquia San Martín de Porres, Carlos Ruiz, asegura que los casos de desnutrición van en aumento en Brisas del Sur, así como el desempleo. Asevera que a diario reciben peticiones de trabajo por parte de jóvenes del sector que no encuentran ningún oficio digno con el que brindar sustento a sus hogares.

La nutricionista Susana Raffalli, experta en nutrición, seguridad alimentaria y riesgo de desastres e investigadora del Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea), reveló esta semana, en una entrevista para Unión Radio, que la desnutrición aumenta en todo el país.

Raffalli condujo un estudio en alianza con la fundación Cáritas desde agosto de 2016 en los estados Vargas, Distrito Capital y Zulia. En los grupos de control de la investigación, encontraron un 52 por ciento de niños con riesgo de desnutrición y desnutrición leve, mientras que la desnutrición moderada y severa alcanzó un 9 por ciento.
Al otro lado de Venezuela, en Bolívar, murió un niño con desnutrición moderada que engrosaría ese 9 por ciento. En Brisas del Sur, Keiner es el tercer niño del que se tiene conocimiento que murió de hambre, según el diario local Correo del Caroní.

Raffalli alertó que según estándares de la Organización Mundial de la Salud (OMS), “un 10 por ciento de desnutrición infantil es un valor estrella para establecer una alarma internacional. Ya con el 15 por ciento se declara la emergencia humanitaria”.

Sin embargo, en Venezuela, el Instituto Nacional de Nutrición (INN) no publica cifras oficiales desde 2007.
El pediatra y presidente del Colegio de Médicos de Venezuela seccional Guayana, Hugo Lezama, también confirma el aumento de casos de riesgo de desnutrición y desnutrición infantil en sus consultas. “El problema es que ni los adultos están comiendo bien con esta crisis, pero los niños son los que sufren las consecuencias, porque no están bien formados y no van a resistir ni siquiera una gripe que les dé”.

En Brisas del Sur, San Félix, van tres casos registrados de niños que han muerto de desnutrición desde 2016, según el diario Correo del Caroní | Foto: Olíver González

Los niños de Brisas del Sur, como los de María, tienen la oportunidad de hacer al menos una comida completa al día, en la fundación Me Diste de Comer, ubicada en la Casa Emaús, otra institución católica.

Pero este comedor también está afectado por la escasez de comida. A raíz del desabastecimiento y el alto costo, hace unos dos años que las donaciones son cada vez menores.

“Yo le digo al Gobierno, que si pudiera ver al pueblo… porque estamos pasando necesidad. Cuando hay elecciones, vienen siempre… Les pediría que hagan algo para evitar tanta necesidad que están pasando los niños” concluyó María, una mujer de pocas palabras, pero mucho aplomo ante la adversidad.

No desiste. “Yo seguiré luchando por los míos”, dice, conteniendo las lágrimas que asomaron en sus ojos una sola vez, resignada por la muerte de Keiner, que más que un nieto, era un hijo para ella, “mi muchachito”.

Por él, y por el resto de niños de Brisas del Sur, le pide al Gobierno “que le preste atención al país”, pues nunca le había sido tan difícil mantener a los suyos.

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